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El Paraguay de Auguste FranÇois

FOTOGRAFÍAS DE 1894-1895 EN LA 6ª BIENAL DE CURITIBA

Auguste François fue cónsul de Francia en Paraguay entre 1894 y 1895. Compartió su tiempo entre la función diplomática y la pasión por la fotografía. Las imágenes que captó durante su breve estadía en el país constituyen un valioso testimonio gráfico del Paraguay de fines del siglo XIX. Este corpus  -unos 200 clichés y copias realizadas por el propio autor- permaneció inédito hasta hace pocos meses. Parte del mismo permanece expuesto en el Museu da Fotografia, instalando un gesto de anacronismo en devenir de una bienal contemporánea.

La cámara fotográfica es más que una máquina de registrar;

es un medio a través del cual nos llegan mensajes de otro mundo,

de un mundo que no es el nuestro

y que nos conduce al corazón de un secreto.

Orson Wells .

Auguste François era todavía un fotógrafo inexperto cuando llegó al Paraguay en 1894. Venía del París renovado por Haussmann, con sus grandes avenidas y luces, a una Asunción aún marcada por las cicatrices de la guerra .
Poco se sabe sobre las condiciones en que desarrolló aquí su producción fotográfica. En la documentación que ha llegado a nosotros a través de sus herederos no hay referencias concretas ni indicación alguna que permitan inferir pretensiones estéticas. Cabe pensar que su interés obedecía, más bien, a su perfil de viajero decimonónico, investigador curioso y amante de la aventura.

Camino a Caacupé, Paraguay, 1894.
Auguste François. Camino a Caacupé, Paraguay, 1894. © Association Auguste François, Paris.

¿Para quién fotografiaba Auguste François? ¿Para su época? ¿Para sí mismo? ¿Para compartir con sus contemporáneos su pasaje por este territorio de vie sauvage que recorrió exhaustivamente en muy poco tiempo?

Al parecer, vivía intensamente. A partir de cartas y testimonios es posible reconstruir su perfil: fuerte y refinado, amante de disfraces y rituales, sabedor quizás de lo ilusorio de las apariencias, conocedor de la vulnerabilidad de la condición humana, de la precariedad del poder, de lo fatuo de las aspiraciones imperiales. Como antídoto a las asperezas de la vida política se refugiaba en la feracidad de la naturaleza .

Fotografiar formaba parte de su filosofía de vida, tanto como la diplomacia o la cacería. Tenía pasión por coleccionar objetos , rostros, situaciones. El jardín del consulado estaba pleno de animales que recogía en sus expediciones. La “otredad” se veía representada por el entorno completo, por ese hábitat salvaje -escenario de sus hazañas de caza-, que tanto lo atraía y cuyos encantos medía con vara de exquisitez cosmopolita.

En aquellos tiempos -cuando llegar a Caacupé desde Asunción tomaba varios días a caballo- obtener una fotografía era el resultado de un procedimiento entre heroico y alquímico. Andar con la cámara a cuestas implicaba esfuerzo físico, si bien podemos pensar que el cónsul se desplazaba siempre con un pequeño séquito. La imagen fotográfica era un hecho material que empezaba a manifestarse con el revelado y cobraba entidad –quizás definitiva- sobre el papel. Desde entonces y hasta ahora, toda foto es una huella. Una marca. Una clave. Como decía Benjamin a propósito de las fotografías de Atget tomadas en París hacia 1900: “Había fotografiado las calles como quien fotografía el lugar de un crimen. El lugar del crimen ya está desierto. El cliché tiene por objeto relevar los indicios y la fotografía deviene entonces pieza valiosa para estudiar el proceso histórico”.

 Calle de Asunción, 1894
Auguste François, Calle de Asunción, 1894. © Association Auguste François.

Auguste François reivindicaba la fotografía como documento de la realidad. En una de sus cartas dice: “Mi sucesión de escenas cocodrilescas no le debe nada a la imaginación. La cámara instantánea es lo más sinceramente realista que existe. Hay árboles íntegramente amarillos, puras flores sin hojas, de un aspecto desconocido; otros totalmente violetas, carpinchos, especie de jabalíes anfibios con cabeza de rata” . Hoy podemos decir que las fotos no muestran tanto la realidad como al sujeto que fotografía. Lo manifiestan más que el propio retrato. No vemos su exterior sino que compartimos su mirada: estamos dentro suyo por un instante. Por eso la fotografía no puede ser neutra y la imagen no es una historia en sí misma. Es, como bien dice Didi-Hubermann, “una mariposa: una imagen es algo que vive y que sólo nos muestra su capacidad de verdad en un destello” .

En el siglo XIX la fotografía estaba ligada al espíritu catalogador de una Europa en continua expansión colonial y la visión de Auguste François no escapaba a su época. La cantidad de información que podemos extraer de cada una de sus imágenes es mucha, no solo por lo que éstas dicen sino también por lo que permanece en silencio. Recorriéndolas como si fueran una escritura, trazo por trazo -aquellos más nítidos y esos otros, los que se pierden en la niebla- podemos imaginar una sociedad entera a través de sus “indicios”.

Inundación, Paraguay, 1894
Auguste François. Inundación, Paraguay, 1894.© Association Auguste François, Paris.

Hay indicios de Colonia González -foco del episodio que derivó en el fin abrupto de su misión en Paraguay- que permiten entrever la vida de centenares de franceses atrapados en plena selva: grandes extensiones desmontadas, un primer plano de pastizales y la pequeña figura de un hombre recortada sobre el fondo del cuadro. Más indicios ofrece la secuencia sobre los indios Toba, fruto de un encuentro fortuito durante una jornada de cacería en el Gran Chaco. No hay mayores datos sobre estas fotos, salvo escuetas leyendas –algunas muy precisas- y una breve alusión en la carta a un amigo: “No sé si el último de los Incas habrá perecido, pero puedo asegurarle que todavía existen Tobas en excelente estado de salud. Le envío sus retratos” . Los Toba no aparecen como individualidades –quizás por la dificultad misma de acceder a un momento de intimidad con ellos- sino como parte de un paisaje natural y social. Ante esta secuencia hoy inesperada la mirada vuelve una y otra vez al mismo sitio, no queriendo abandonar la escena, buscando ligeros matices, tentando siempre un poco más: encore, encore.

Indios Tobas, Paraguay, 1894.
Auguste François. Indios Tobas, Paraguay, 1894. © Association Auguste François, Paris.

Auguste François era parte de una naciente tradición fotográfica que había asimilado las experiencias de la pintura; por eso sorprende que ya temprano desarrollara imágenes que responden al género del reportaje. Otras parecen parte de una secuencia fílmica; no hay pose, solo el acto detenido: una niña que corre, un joven que se zambulle.

“En el autorretrato -dice Bauret- la persona intenta reconocerse” . Auguste François se representaba a sí mismo con diferentes atributos y desarrollaba, como era costumbre, el arte del décor. Tenía conciencia de la propia imagen y hasta podríamos verlo, hoy, como un photo-performer. Jamás sabremos si tuvo “voluntad de obra” o simplemente “colectaba indicios”. Podríamos decir que sus fotografías del Paraguay hacen parte de sus cartas, en las que da prueba de un extraordinario talento literario. También podríamos pensar en estas imágenes como una sola y larga carta, relato visual de su séjour paraguayen. Ellas evidencian una mirada prolongada sobre los seres y las cosas, como si se tratara de un gran paisaje: ríos y plantas, hombres y bestias.

Poco sabemos sobre la técnica y el material que empleaba . Quizás, al igual que Boggiani , trabajaba en talleres improvisados, a la intemperie. Los álbumes con las copias realizadas por el propio Auguste François permanecen en París, bajo el cuidado de la asociación que lleva su nombre. El archivo donado al Paraguay está constituido por imágenes digitalizadas a partir de las planchas en papel o de algunas placas de negativos. Las fotografías seleccionadas para esta exposición y las incluidas en el catálogo derivan de este archivo. Las leyendas que acompañan las fotos son de puño y letra del autor y han sido reproducidas textualmente .

Campamento a orillas del Río Salado
Auguste François. Campamento a orillas del Río Salado, Paraguay, 1894. © Association Auguste François, Paris

El hecho de no haber accedido al “original” –ni a los negativos ni a las copias papel- es casi una metáfora de nuestra condición contemporánea: copias de copias, cada una de las cuales importa ya una interpretación (¿cuánto hay de personal en esa ligera variante de gris que se esconde en el pliegue de una camisa o en el costado profundo del agua?). A esto se suma la implacable acción del tiempo y sus contingencias. Todas las marcas han sido respetadas, preservadas como un testimonio. Así, las imágenes presentan superficies accidentadas donde el ojo puede deambular como un flâneur.

Auguste François conoció el origen de esta “civilización de la imagen” en la que estamos inmersos, anticipando ya el pasaje del sin-arte al arte en la historia de la fotografía. El cónsul dejó el Paraguay en 1895, cumpliendo lo que René Char más tarde demandaría: “Un poeta debe dejar huellas de su pasaje, no pruebas. Únicamente las huellas hacen soñar” .

Fuente en Internet: http://arte.elpais.com.uy/el-paraguay-de-auguste-francois

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